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  • Manuel Arduino

LOS SUEÑOS LÚCIDOS EN “CLAVE PSICOPÓMPICA”


En la clasificación indostánica tradicional de los estados de conciencia, el sueño con y sin ensueños ocupa un lugar intermedio pero gravitante. Los estudios sobre la variedad de la experiencia onírica de fuentes esotéricas revelan cómo esta vivencia progresa desde los corrientes y masivos sueños fisiológicos –los estudiados por Sigmud Freud-, a los sueños simbólicos, parcialmente examinados por Carl Gustav Jung, para coronarse con las improntas del alma en sueños proporcionando escenas de vidas anteriores programáticamente útiles para el plan del ser interno. Los estados cumbres de la experiencia de nocturnidad alcanzan su coronación en los estadíos más refinados de la conciencia, más allá de las experiencias visionarias y ya ingresando al éxtasis, a la transferencia de la conciencia espiritual, sin la figuración o escenificación de las soñaciones corrientes.


De una forma amplia y muy elaborada se nos menciona en estas tradiciones planetarias la existencia de sueños muy luminosos, de revelaciones y visiones contemplativas y extáticas, las cuales suponen una vivencia psicopómpica trascendente, en la medida que arrojan al ser de la conciencia a la orilla de la realidad última.


En la moderna psicología humanística se ha avanzado considerablemente en la elucidación de este gran tema de los sueños. Una de las variedades que más llama la atención son los llamados sueños lúcidos: experiencias nocturnas en las cuales quien sueña despierta en medio del ensueño y reconoce conscientemente que está soñando. Ocasionalmente esta experiencia atraviesa el área del manejo voluntario de la secuencia onírica, ingresando al área difusa del desdoblamiento y conciencia astral. Obras ya clásicas de la antropología mística, como la saga de Don Juan, de puño y letra de Carlos Castaneda, rozan estos aspectos del sueño lúcido o despierto de una forma variopinta. Las apreciaciones de la psicología cognitiva, que hacen hincapié en el progreso apreciable que representa el “darse cuenta” en todo momento, estiman que hacerse cargo conscientemente de nuestra suerte en el curso de un sueño descubierto como tal por el soñador, pone la mayor gravitación en el aspecto central de la mente: sus amplias posibilidades en tanto vector de la conciencia, del despertar.


Desde esta perspectiva, un sueño lúcido, una serie de despertares en medio de diferentes sueños, son señales cruciales de un cierto avance en el manejo de las potencialidades cognitivas con las que contamos todos los seres humanos, en general en condición latente. Muchos psicólogos pretenden entrenar a los consultantes en abordajes metodológicos para forzar la experiencia del sueño lúcido o despierto, del darse cuenta que uno está soñando para luego organizar ese sueño y alcanzar una distinta experiencia de conciencia “vigílica”, no exenta del magnetismo propio de la nocturnidad. A tales efectos también la tradición arcaica encomia el retirarse al sueño más profundo, con consignas que alientan el despertar interior, el reconocimiento de nuestra identidad honda y real, de la naturaleza última de la que somos una vertiente o afluente psico-físico. Prácticas muy antiguas recomiendan programar al cerebro para el silencio o apagamiento nocturno y la ulterior continuidad de la conciencia: un método indiscutiblemente vinculado con la visión psicopómpica, la propia de la regularidad de la conciencia en el pasaje entre los mundos.



Unos cuantos neurólogos y psicólogos han encontrado efectivos beneficios en esta recurrencia del sueño lúcido, del despertar en el sueño, particularmente, como mencionamos, el ensanchamiento de la percepción vigílica de la natural atencionalidad. Incuestionablemente semejante estado de conciencia siempre despierto constituye la gloria del desarrollo de la percepción, la excelencia del programa cognitivo del alma, y es sobre este aspecto que deberíamos detenernos a examinar las secuelas saludables y regeneradoras que semejante experiencia trae consigo para el alma y para la persona humana. Siempre que exista una cierta continuidad de conciencia el tipo de acercamiento a la realidad, la vivencia del día y de la noche, revelan su condición vital y significativa. De hecho estas fragmentarias fases de la primera manifestación de la continuidad de la conciencia constituyen estados superiores de la experiencia mental, resúmenes cognitivos de la condición contemplativa, siempre despierta y consciente, propia de nuestra alma en su esfera y en general en su regular monitoreo de la vida en el mundo.


Las prácticas de auto-programación sugestiva o auto-hipnosis, no son sin embargo instrumentos de buena calidad para alcanzar a establecerse en esta parcial continuidad de conciencia. Todo lo contrario, la tradición sapiencial asegura que la regular práctica de la meditación, la práctica de recurrentes ampliaciones de la conciencia de una forma orgánica y virtuosa, que conlleve un cambio en la forma de vida y una actualidad de la conciencia despierta en buena parte del día, es el camino expedito, la vía segura y trascendente para que la calidad, para que la naturaleza de los sueños sea transmutada dando lugar a la ampliación de la percepción y al encuadre, al enfoque en la conciencia prototípica o espiritual. Desde las ya conocidas meditaciones sobre la atención plena al abordaje amoroso y contemplativo de la vida y de las relaciones, todo este marco de referencia, de exquisita sensibilidad, prolongado en el tiempo y practicado con completa entrega y total naturalidad, tarde o temprano traen aparejados episodios de conciencia continua, de ampliación perceptiva de las diversas dimensiones de lo real.


La consigna psicopómpìca de favorecer y enaltecer el cruce del puente entre los mundos y acompañar a otros en esas fatigas, puede despertar sospechas y llamar la atención a las actuales generaciones, tan apartadas de los ideales tradicionales. Sin embargo será siempre la vía meditativa el recurso excelente por medio del cual esta hazaña de trascendencia y unidad de conciencia serán viables, se transformarán en hechos consumados, especialmente cuando quien practica una vida libre de excesos, limpia y abnegada, y aplica la estrategia cognitiva propia de la meditación, logra transferir el centro “vigílico” allende el plano material, atrayendo para su existencia los tesoros desconocidos que aguardan al zapador allende el nivel corriente de inmersión en la realidad tempo espacial.


La meditación, correcta y regularmente practicada constituye la vía aséptica y segura para trazar un puente entre la base mental en el mundo de los fenómenos y la corona espiritual en la esfera de la realidad primera y última. De esta forma no existe duda alguna acerca de que esta práctica configura a la larga una colosal travesía allende los estados de la materia y de la mente y que “transporta” al núcleo de la conciencia, al alma, desde los niveles inerciales y residuales de la manifestación de la vida al campo unificado de la realidad ultérrima, divina y universal. No puede existir entonces camino más afín al método piscopómpico que la propia meditación, repetida orgánicamente, perfeccionada, refinada, sublimada y desplegada paralelamente a la apertura o despertar de la función cognitiva del alma entronizada sobre un haz de vehículos o cuerpos materiales.


Como principio general, la práctica psicopómpica se sostiene en la intuición y el ulterior conocimiento directo de la realidad más allá de los mundos de las formas, del error y de la relatividad. Esta consigna preside el método contemplativo, que inicialmente conocemos con la palabra “meditación”. De allí que este sencillo manual procure por sobre todo llamar la atención sobre la vía luminosa, la más lúcida y despierta vía de realización del sí mismo, del arquetipo de poder, de conciencia y amor que todos somos en esencia, ubicuamente y especialmente en la esfera de la final unidad trascendental de todas las cosas.

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