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  • Manuel Arduino

LA LEY DE ATRACCIÓN (MAGNÉTICA) Y LA LUZ ASTRAL


La materia radiante propia de los altos éteres (akasha psíquico) y de la esfera de los pensamientos deseo, la Luz Astral, se modifica o asume la contextura de la voluntad de cada ser humano. Un pensamiento claro, correcto, luminoso y constructivo, tarde o temprano precipita en la vida de quien lo elaboró y liberó, de quien “lo desató”, de una forma particularmente poderosa, haciendo las veces de llave maestra para penetrar en los recintos internos de la naturaleza, al menos desde la perspectiva de la vida comunitaria humana.


Un pensamiento obsesivo, recurrente, cargado de temor y de rechazo, también moldea la luz astral, particularmente impregnando el aura psíquica del individuo con estructuras, formaciones y volúmenes que han de traducirse en algún momento en factores de desorden, enfermedad e infortunio.



En otras palabras el poder de la voluntad personal, del deseo, atrae la porción afín de materia elemental astral y le da una forma perfectamente adaptada al objeto apetecido o rechazado. En principio, la atención, el pensamiento deseo, puesto sobre un objeto u objetivo. atrae esa “entidad” en el mismo sentido que un impulso repulsivo, miedoso, reactivo, aloja en la esfera del aura personal el objeto rechazado, haciendo que la persistencia subconsciente del mismo no ceda, e incluso que, por la fuerza de su traslación cíclica en el orbe áurico, sea inducido o movilizado hacia áreas del óvalo etérico conectadas con diferentes órganos físicos y con sus analogías objetuales del mundo material, debido al principio de correspondencia que preside todos los organismos y cosas por igual y los correlaciona por medio de una semántica elemental de orden oculto: por la Zakti o poder de la naturaleza que integra en red –significantemente- a todo cuanto la conforma.


La polaridad de la fuerza impulsora de la voluntad de deseos constituye un básico factor promotor de la enfermedad y de la buena salud, de las condiciones benignas o adversas en la vida de cada uno de nosotros. Amén de la persistencia consciente del deseo, la recurrencia subconsciente de los apetitos, caprichos, anhelos y temores, forja, construye con la luz astral en los éteres áuricos una batería de formaciones residuales evidenciadoras del nivel compulsivo y febricitante de nuestra vida psíquica.


Por medio de la purga nocturna onírica, una parte de esas incrustaciones y del rumiar subconsciente son canalizados hacia la periferia del aura y se baten en retirada hacia el maremágnum astral, eventualmente cuando se quiebra la moción fatalmente centrífuga del miedo o del apetito tenaz. De cualquier forma no todos los sueños son reparadores, sanadores y restauradores, y esto particularmente se manifiesta por la impulsiva vida psíquica, irrefrenable y ardiente, de las personas que padecen de pesadillas, insomnio o migraña. Los residuos oníricos expulsados de la zona de influencia áurica personal conforman un piélago formidable, raíz colectiva del gigantesco espejismo mayavico propio de la esfera de los deseos y de las pasiones.


Este mar de fantasías desenfrenadas, desajustadas, truncas, se retroalimenta internamente, prolongando la vitalidad de estas formaciones parasitarias en la medida que un incontable número de personas atraen hacia su propia estructura áurica tales residuos y sedimentos de la interpersonal actividad subconsciente nocturna –y también diurna- como resultado de vibrar en la misma cuerda que semejantes formaciones larvarias. De modo que las fantasías, el fantasear o soñar despiertos, mantiene con vida, prolonga la vitalidad de los residuos psíquicos del bajo astral, los reformula, los reconstruye, en un gigantesco trabajo de innumerables mentes humanas activas semiconscientemente y semiconscientemente soñando prácticamente las veinticuatro horas de cada día.


El poder atractivo de la mente inconsciente, es decir, de la Luz Astral, se revela de esta y de otras variadas formas, por ejemplo incidiendo en gran medida en las condiciones meteorológicas, telúricas y magnéticas de las más diversas regiones geográficas, en los continentes y en el planeta todo. Como bisoños dioses creadores, incluso en este nivel elemental y residual contamos en todo tiempo y circunstancia con la facultad generativa universal.


El poder del recto pensamiento es, en tal sentido, el vector del cambio, del primer cambio que el aspirante puede ordenar en su vida, y como natural efecto, su primaria y positiva contribución a la gradual solución del grave problema del espejismo mundial.


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