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  • Manuel Arduino

LA FAMILIA DE SANGRE Y LA FAMILIA ESPIRITUAL


En alguno de sus numerosos apuntes y escritos, la Sra, Blavatsky menciona que, salvo los egos iniciados o en proceso de discipulado, el resto de las almas, nosotros concretamente, no escogemos la familia de sangre en la que renaceremos, los nacimientos como tales son resultado de tendencias y karmas ancestrales; que la elección es una prerrogativa estratégica y necesaria para los egos cercanos a la liberación –más libres para decidir su sino-, transitando el sendero más elevado de la vida interna y solo para ellos.



La familia material, la familia de sangre, en la mayoría de los casos y particularmente en esta edad en que los clanes y grupos sólidos están en dispersión, es exactamente el campo de batalla –el Kurukshetra-, el ámbito temporario donde se procesan las luchas ingénitas, los conflictos en busca de alguna forma de solución superior o armonía. Es común apreciar las divergencias y disonancias que surgen de la esfera de vínculos propios de las familias de sangre, de las familias propiamente purgativas o kármicas, sin desmedro de que existan efectivamente algunas de ellas, minoritar sin duda, en que amén de la relación mundana existen lazos de una gran hondura espiritual, relativa al sendero de desenvolvimiento o concienciación propiamente dicho. Como se trata de casos esporádicos y presumiblemente se inscriban, en buena medida, entre aquellos egos próximos a la iniciación, para quienes la puerta de la elección del núcleo humano se abrió de par en par, podríamos sinterizar estas ideas refiriéndonos al hecho de que en esos casos minoritarios se da la perfecta amalgama de la línea de sangre con la línea de precesión discipular, de pertenencia a un núcleo espiritual constituido por egos precisamente encarnados en un mismo momento histórico.


En términos generales, salvo estas raras excepciones, la familia de sangre, la familia mundana, particularmente ofrece la posibilidad de saldar deudas kármicas y predisponerse y entrenarse para responsabilidades grupales más exigentes, propias de la pertenencia a núcleos de intensa vibración espiritual, para los cuales la exigencia básica fuera expresada también por la Sra. Blavaysky en sus “Escalones de Oro”, con la premisa “afecto fraternal para con el condiscípulo”.



Este afecto fraternal reposa en el hecho sugestivamente expresado por HPB de que todos los discípulos aceptados son “hijos del Maestro”, mantienen lazos filiales desde la perspectiva del inminente nacimiento a la consciente y autónoma vida espiritual, nacimiento propiciado por ese poder creador y hacedor representado por el Adepto que ofrece la instrucción y el marco de referencia adecuado para cada proceso iniciático. Existe abundante literatura filo-teosófica que menciona la existencia de huestes o grupos de egos o almas, familias de orden sublime, encarnados o no simultáneamente en el planeta material o en las esferas interiores. A esos núcleos de parentesco ideal, a esas familias de egos a las que todos pertenecemos por excelencia son a los que también se hace referencia con la expresión “afecto fraternal para con el condiscípulo”.



Naturalmente y desde un punto de vista más amplio, todos los egos humanos son afluentes de la Unidad de Vida superior, de modo que de alguna manera se los puede considerar como condiscípulos o discípulos de la Realidad Trascendente y eso reviste al tema del afecto fraternal entre pares con una cualidad universal incuestionable. Pero más allá de estas consistentes disquisiciones –ver John Algeo-, el tema se concentra necesariamente en la materia prima de la iniciación individual y grupal, la del núcleo fraternal propio de los ashrams o escuelas de entrenamiento oculto dispersas por el planeta visible e invisible.


Estas son las verdaderas fraternidades, las familias espirituales de orden más elevado, que, a diferencia de las conformadas por lazos sanguíneos y herencias mundanas y complicidad kármica, cuentan con identidad grupal, con una nota singular propia del concierto interno de un grupo de egos, vibrando con las cualidades, poderes y singularidades sublimes de las cuales ese núcleo de poder y sabiduría es una exacta y preciosa manifestación, un perfecto acorde solar.

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